22 de febrero de 2018

139ª noche - El pensamiento de los sueños

 
El pensamiento de los sueños, la nueva novela de Pedro Quintana Moreno (2017)
 



ÍNDICE:

01. El pensamiento de los sueños
02. Un deseo inconfesable
03. El ángel del agua
04. Hasta que muera el otoño
05. La bruja de las flores
06. Sin tiempo para volver
07. Una repentina brisa
08. Alberto
09. Danel
10. La comedia
11. La nada y el caos
12. Singularidades
13. La Maresía
14. Un deseo inconfesable II
15. La casa azul: acto I
16. Templos
17. La cajita de alabastro
18. El jardín del primer beso
19. Designios
20. La casa Azul: acto II
21. Los demonios de dios
22. El ayer siempre muere con la noche
23. Lo que no oculta una mentira
24. El Diácono
25. Los días que se ocultan de la luz
26. El sabor del alma
27. El cuerpo de la vida
28. Un mundo perfecto
29. El Cerro de los Cipreses
30. Una cama sin deshacer
31. La casa azul: acto III
32. El llanto oscuro
33. Un mal parto de la noche
34. En el corazón de una esfera de ámbar
35. La flor de los nueve pétalos de fuego
36. El sentido de las cosas
37. El rastro que deja la luz
38. Lo que se ve cuando se mira
39. El sendero del último aliento
40. Del miedo que a la vida le tienen los muertos
41. Fotos sobre un daguerrotipo
42. El pensamiento de los sueños. Epílogo.

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1 de febrero de 2018

138ª noche - Un día cualquiera

   El edificio de oficinas estaba rodeado por varios solares en los que pronto se levantarían nuevos bloques y que, mientras tanto, eran utilizados como aparcamiento, en espera de que el garaje del área de negocios entrara en servicio. La reunión se prolongó más de lo previsto; el cliente era meticuloso y no dejó punto del contrato sin repasar. Mayte miró su reloj una vez más: las nueve y veinte de la noche. Por el amplio ventanal del piso 28 podía ver la ciudad como un enorme conglomerado de pequeñas luces amarillentas.
   —No firmaré el contrato si no se especifica una cláusula de penalización. —El hombre parecía sabérselas todas—. Un retraso en la entrega podría hundir mi negocio...
   Mayte empezaba a desesperar. Se levantó con la excusa de tomar un vaso de agua y cuando se situó a espaldas del cliente, lanzó una mirada de apremio sobre su socio.
   —Un segundo —se disculpó éste, alzándose del asiento. Fue hacia Mayte y ambos se alejaron unos metros de la mesa de reuniones—. ¿Sucede algo? —preguntó en voz baja.
   —No puedo quedarme más tiempo, Luis, es tardísimo. Sigue tú, estaré de acuerdo con cualquier cosa que decidas. Tengo los niños solos en casa, ya son mayores pero estoy preocupada...
   —Claro, está bien. Ve tranquila, no tengo prisa. Y parece que él tampoco —añadió el socio, con un gesto de fastidio.

 


   Minutos después Mayte caminaba hacia su coche. El solar, en el que horas antes parecía imposible encontrar un hueco, estaba ahora casi desierto, ocupado sólo por algunos camiones y cuatro o cinco automóviles cubiertos de polvo. La zona estaba apenas iluminada por la lejana luz de una farola situada en el cruce con la avenida. La mujer aceleró el paso mientras buscaba las llaves en su bolso. De pronto, de detrás de uno de los camiones allí aparcados vio salir la figura de un hombre que se dirigía hacia ella. Mayte sintió helarse la sangre en sus venas. ¡Había temido tantas veces que sucediera algo así...! Intentó no perder la calma, no gritar ni correr, quizá el hombre iba a alguna parte y simplemente se cruzasen. Con la mano aún en el bolso, soltó las llaves del coche y cogió el espray que nunca pensó que llegara a usar. Le temblaban las piernas en cada paso pero siguió avanzando con toda la naturalidad de que fue capaz, confortada por el artilugio que sostenía en su mano derecha, medio oculto en la bocamanga de su chaqueta. Sintió alivio al notar que la dirección en la que caminaba el hombre no lo llevaba a cruzarse con ella. A medida que se acercaba, pudo distinguir a un joven de mediana estatura y aspecto desaliñado. Desvió ligeramente la dirección de sus pasos, intentando alejarse más del desconocido.

   De súbito, el joven cambió de rumbo y se dirigió abiertamente hacia ella, a grandes zancadas. Mayte se detuvo, petrificada. ¡No te entre pánico o estás perdida!, se ordenó enérgicamente. Aún no sabe de dónde pudo sacar el temple necesario. Ninguno de los dos había dicho ni una palabra, el hombre estaba apenas a dos metros de ella, cuando la mujer, mirando con horror por encima del hombro del desconocido, grito con todas sus fuerzas "¡¡Cuidado!!".
   Lo había pensado tantas veces... Pero nunca creyó que sería capaz de llevarlo a cabo. El joven se detuvo un instante y miró hacia atrás, desconcertado. Era todo lo que Mayte necesitaba. Cuando él volvió de nuevo la cabeza, un chorro de líquido irritante le llenó los ojos y la boca.
   En el suelo, dando boqueadas como un pez en la arena, con los ojos inyectados en sangre, el
desconocido se retorcía. Mayte corrió desesperadamente hacia el coche, revolviendo el contenido de su bolso en busca de las llaves. Se encerraría en él y llamaría a la policía desde el móvil. Aún no podía creer que hubiese salido bien. Jadeante por la carrera, pocos metros la separaban del vehículo cuando un grito tronó en sus oídos:
   —¡Hija de puta!, ¡¡zorra de mierda!!... —La retahíla de insultos fue larga y completa—. Te vas a enterar... —El hombre se había puesto en pie, parcialmente recuperado, y daba pasos erráticos, ciego todavía.
   Mayte marcó el número de emergencias, encerrada por fin en el coche. Respiró profundamente varias veces, tratando de recuperar el habla, que el pánico había paralizado. El desconocido debió de imaginarlo, porque los gritos seguían:
   —Ya puedes llamar a la pasma, puta loca, estoy limpio, tía. Me darán un café con leche y a la calle con una palmadita. ¡Pero tú estás muerta! ¡¡¡Kaput!!! He visto tu cara de fulana, ya te pillaré. Y le daré también recuerdos a tu familia... —sentenció el frustrado agresor, con una cínica carcajada.
   —Emergencias, ¿en qué le puedo ayudar? —dijo una voz de timbre metálico desde el teléfono.
   Maite cortó la llamada. En eso no había pensado. La policía... bueno, ya se sabe. Ella trabajaba allí, tenía que ir todos los días, el hombre sabía dónde encontrarla. ¿Qué podría hacer? ¿Pedirle perdón, ofrecerle su dinero, su coche, su cuerpo, todo lo que él quisiera, a cambio de recuperar la tranquilidad? ¿Darle cada mes su nómina, darle su casa y todos sus ahorros? ¿Ser su esclava? Ni lo más ridículamente excesivo sería bastante. Entonces lo vio tambalearse en la explanada. La farola quedaba tras él, marcando perfectamente su silueta. Encendió el motor, sin luces, arrancó en primera y aceleró a fondo. En el último momento cerró los ojos, justo antes de sentir la fuerte sacudida. Después, siguió camino hacia la comisaría más cercana.
 
© Fernando Hidalgo Cutillas - 2011

28 de enero de 2018

137ª noche - Bajo el tilo

   Hola, Julia. Aquí estoy otra vez. Deja que me siente, que me fatigan la cuesta y los años. Son
bonitas estas flores, no sé quién te las habrá traído ni quiero saberlo, pero me gustan.

   De camino, he pasado por el parque donde te conocí, ¿recuerdas? Claro que lo recuerdas, ¡cómo podrías olvidarlo...! Fue una tarde de septiembre, ya anochecía y tú estabas sentada en uno de los bancos. Te vi desde lejos, mucho antes de que tú me vieras, y me dije ¡vaya mujer! No sé cómo me atreví a sentarme a tu lado. ¿Me permite...? Me miraste con desdén. "El banco es de todos", respondiste. Eso me gustó. No te rías, no; es la verdad. Bueno, ríe todo lo que quieras, porque yo debí de parecer un pasmado, sin saber qué decir. Si hubieras leído mis pensamientos aún te reirías más. Hace calor... No, no hables del tiempo, que es estúpido. ¿Está esperando a alguien, señorita? Lo más seguro que me hubieras respondido: "Y a usted qué le importa". Y entonces llegó el bendito niño con el balón y te golpeó en la espalda. ¿Le ha hecho daño? ¡Niño, deja ya de joder con la pelota! Y así empezamos.

   He visto el tilo en el que grabamos nuestros nombres. Aún están allí, donde nos prometimos amor eterno, siempre uno para el otro. Nada ni nadie podría separarnos. Tú no cumpliste pero yo sí. Ya ves que cada tarde acudo puntualmente a sentarme en la losa que te cubre. No hay más mujer en mi vida que tú, puedes estar segura.

   Pero hoy vengo disgustado porque hay máquinas trabajando en todo el parque, se ve que van a remozarlo. Ya han empezado a remover la placeta donde estaba nuestro banco y pronto levantarán los parterres que hay alrededor. Y también el tilo, seguro. Eso me duele —¿a ti también?— y me preocupa. Me preocupa que al arrancarlo y excavar la tierra encuentren, allí donde lo enterré, el cuchillo todavía ensangrentado.


© Fernando Hidalgo Cutillas - 2011