19 de junio de 2011

35ª noche - Adam & Eve

Ya se acercan las vacaciones; esta tarde estuvimos haciendo planes. Elisa quiere hotel y playa, y a mí eso me aburre mortalmente. Puedo resistir unos días, pero no diez, como ella quiere. Al final, a regañadientes, ha convenido en pasar cinco días en la costa y cinco en el Pirineo oscense. Cuando nos hemos acostado, hace un rato, yo tenía ganas de jugar un poco. Pero a ella le dolía la cabeza, así que me he levantado para distraerme y añadir esta entrada al noctario. ¡Os dejo, que tengo un mensaje en el chat!



Como cada tarde, el anciano salió a dar una vuelta por su jardín. Comprobó que todo estuviese en orden: había llovido la noche anterior, el sol había calentado durante todo el día, los frutales ofrecían un magnífico aspecto... Esa noche volvería a llover, los pastos lo necesitaban. A lo lejos vio a Adam, sentado en el suelo, junto al lago y decidió saludarlo. Al acercarse distinguió los rítmicos movimientos de su brazo derecho y prefirió no molestar. No era la primera vez que esto sucedía. “No es bueno que el hombre esté solo —pensó el anciano—, tendré que hacer algo…”.
Aquella noche se acercó a Adam mientras éste dormía. Viéndolo desnudo, enseguida comprendió lo que tenía que hacer. Debía darse prisa, el trabajo era complicado.
Por la mañana Adam quedó sorprendido al ver a su lado a alguien tan parecido a él. Estaba inerte. Lo miró con curiosidad y comprobó que era parecido, pero no exactamente igual. Cuando se puso a palpar las diferencias, el otro despertó.
—¿Qué haces? —exclamó el recién llegado.
—¿Quién eres tú? —preguntó Adam, apartando la mano rápidamente—. ¿Eres Eve?
—Creo que sí, ése es mi nombre, pero no recuerdo nada más.
Se hicieron amigos rápidamente. Eve también sintió curiosidad por su parecido con Adam y mucha más aún por sus diferencias, así que entre ambos exploraban éstas a menudo y no tardaron en darse cuenta de que en cierto modo sus diferencias eran… complementarias. El anciano vigilaba oculto, satisfecho del resultado de su intervención.

Un día entró Manuel, que así se llamaba el anciano, en unas zarzas para desenredar a un carnero que no podía librarse, cuando los vio ocultos, entretenidos con sus juegos entre la hierba alta.
—Humm… problemas —anunció Eve, al darse cuenta
—Creo que nos va a caer una de Pecado Original —se lamentó Adam.
Manuel los saludó discretamente con un gesto amable y siguió con lo suyo, conteniendo la risa. La pareja quedó un poco desconcertada, pero en cuanto el anciano desapareció olvidaron el incidente y continuaron sus caricias.
Por la noche Eve preguntó:
—Adam, ¿qué es eso que dijiste de un pecado...?
 —¿El Pecado Original? Es algo que leí en un viejo libro, un día que entré en la cabaña buscando a Manuel y él había salido. Es un libro de profecías o algo así, pone todo lo que va a pasar. Por eso sabía tu nombre.
—¿Y qué va a pasar? ¿Lo leíste?
—Muchas cosas, pero lo que me llamó más la atención fue que tenemos que hacer un pecado. Tú me darás una manzana del árbol prohibido y eso será terrible. Mejor será que no toques nada que no conozcas.
—¿Hay un árbol prohibido?
—No, que yo sepa. Pero tiene que haberlo, un árbol o algo parecido. Lo pone el libro. Creí que lo que hacemos cuando estamos solos disgustaría a Manuel pero veo que no es así.
Pasaron los meses en aquella dulce situación, Adam y Eve no hacían otra cosa que retozar y comer los manjares que les ofrecía aquel vergel. Un día Eve estaba descansando cuando Adam se acercó a él con los ojos brillantes de excitación. Eve lo miró, como tantas veces, pero en esta ocasión se le despertó una nueva forma de placer: se sintió deseado. Notó el poder que aquel juego le confería. Adam se echó a su lado e inició las caricias.
—Cariño —interrumpió Eve—, ¿por qué no construyes para mí una cabaña como la del viejo? Es un fastidio no tener donde guarecerse.
Adam miró a Eve, sorprendido.
—¿Una cabaña? ¿Para qué necesitamos una cabaña? —y se dispuso a seguir con lo suyo, pero Eve cortó:
—Hoy no, Adam, no me encuentro bien —y se apartó, dándose la vuelta.

 
En su choza, Manuel torció la boca en una mueca de desagrado. Apagó el monitor del sector B y descolgó el teléfono:
—Uriel, necesito que vengas enseguida. No olvides traer la espada de fuego, los problemas acaban de empezar.
 
 



Adam & Eve © Fernando Hidalgo Cutillas 2010

 
TIEMPO EN HISTORIAS
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4 comentarios:

B. Miosi dijo...

Ja, ja, ja! "Los problemas acaban de empezar", si serán fastidiosas y manipuladoras las mujeres...

Buen cuento éste, Fernando, una nueva versión bíblica.

Una pregunta: ¿Cómo has hecho para que salgan a lado de "comentarios" esos enlaces que te mandan a Facebook, Twitter y demás?

Besos
Blanca

Panchito dijo...

Diseño, elementos de página, editar entradas de blog, seleccionar la viñeta que verás en seguida.

Así es el Antiguo Testamento, Blanquita, ja ja, os echó la culpa de casi todo. Pero algún problemilla sí que dais, eh? ;)

Besos!

Arora dijo...

Ferrrrr.... me encanta el cuento, pero por qué opcionaste por Uriel.... me da pampúrrias, aunque eso es lo de menos...

Bs

Ar

Panchito dijo...

Gracias, Arorix. No opcioné nada: Uriel es el nombre de uno de los siete arcángeles, de acuerdo con la tradición judaica. En el Libro de Adán y Eva, Uriel es identificado como el querubín que permanece junto a las puertas del Edén con una espada ardiente para evitar el acceso de los humanos al árbol de la vida.

Uriel es, además, el nombre propio que hoy llevan algunos niños cuando a sus padres les apetece bautizalos así. Quizá sea eso lo que te da pampurrias, pero ése es otro tema, ja ja.

Besos