15 de junio de 2011

32ª noche - Zasir



—Es curioso que el hombre sea el único animal en el mundo que no tiene derecho, por nacimiento, a hacerse una guarida en alguna parte —me ha dicho Elisa, inesperadamente. Quiero decir que no estábamos hablando de nada similar; ni siquiera estábamos hablando. Elisa es así, en sus silencios le hierve la cabeza.
—¿Qué quieres decir? —Con ella es mejor no adivinar...
—Pues eso: que un pájaro, una ardilla, pueden elegir un árbol, hacer su nido y listo. Nadie los echará de allí. Intenta tú hacer una casa en alguna parte y verás...
—¡Ah!, es eso... Nosotros tenemos esta casa; no la construimos, la compramos, pero viene a ser lo mismo, ¿no?
—No comprendes. Esta casa aún la estamos pagando. No sólo los materiales y el trabajo de hacerla; también el suelo donde está. ¿Y si no pudiéramos pagarla?, ¿dónde viviríamos? No hay un palmo en el Mundo que no sea de alguien... ¿De dónde salió eso? ¿Por qué no tenemos derecho a nuestro "trozo" de Mundo, quién nos preguntó, cuándo...?
—El Mundo se lo repartieron los más fuertes hace muchos siglos, Elisa, no seas ingenua —respondí, con cierta ironía.
—¿Los más fuertes o los más listos...?


Hubo un momento en el que la inteligencia
 y la astucia dominaron a la fuerza.

Thork rugió como un león al levantar con orgullo la imponente cabeza del oso muerto. Los demás guerreros lanzaron gritos de júbilo, celebrando la hazaña de su jefe. Todos se apresuraron a descuartizar al animal para transportarlo a la guarida de la tribu. Debían salir cuanto antes de la zona rocosa en la que se encontraban; sólo el hambre los movía a entrar en aquel peligroso territorio cuando en los bosques, más abajo, las presas escaseaban. En poco rato el cuerpo del oso estuvo dividido en varias partes y los cazadores descendieron rápidamente hacia la gran caverna donde aguardaba el resto de la tribu. Caminaban alegres, gritando su victoria a los cuatro vientos detrás de Thork, que abría la comitiva con la cabeza del animal sobre la suya y los cabellos empapados con la sangre que se derramaba del preciado trofeo.

Pero no toda la sangre que cubría a Thork provenía del oso. El caudillo había luchado duramente y había recibido una buena cantidad de heridas y magulladuras por todo el cuerpo; su propia sangre se mezclaba con la del animal, sin que fuese posible distinguir una de otra. A pesar de ello Thork avanzaba feliz,  ahora el espíritu del enorme oso le pertenecía y la fuerza de su presa pasaría a formar parte de su propio poder. Un nuevo colmillo que añadir a su collar, el signo visible que lo distinguía como jefe del grupo, ¿qué otra cosa podría importar?

Las mujeres vieron de lejos a los guerreros y salieron a su encuentro, celebrando el regreso con unos alaridos característicos que extendieron la noticia. No existían vínculos sólidos que uniesen  parejas, sólo Thork tenía derechos sobre todas las hembras. Cuando ya no eran jóvenes Thork dejaba de visitarlas; entonces las mujeres elegían a dos o tres compañeros entre los que repartían su favor y el resto de su fertilidad. Era raro que alguna de las favoritas se atreviese a desafiar a su dueño y más raro aún que encontrara al hombre que accediese a colaborar en ello. El castigo era terrible: la mujer era abandonada sobre una roca después de quebrar sus piernas y el hombre era ensartado en vida en una de aquellas largas lanzas de madera que utilizaban para la caza. No era pues de extrañar que la mayoría de los niños fuesen hijos de Thork.

Zasir era un personaje peculiar. Más viejo, más flaco, más débil en suma que los demás hombres, su función en la tribu no era la caza. Él hablaba con el Sol, con el río, con las nubes y, en ocasiones, veía en sueños lo acontecido y lo que iba a acontecer. Y lo más importante, sólo él sabía cómo aplacar a los espíritus —los numas— cuando estos se enfurecían. Vivía como una mujer, pero apartado de ellas. En su rincón oscuro, al fondo de la caverna, nadie osaba aventurarse. La silueta de sus manos pintada innumerables veces sobre la pared rocosa parecía dar el alto a cualquier intruso. 
 Cuando la hoguera se encendió al anochecer en la entrada de la caverna, el olor dulzón de la carne asada se extendió por todo el recinto. Las mujeres volteaban los grandes pedazos sobre el fuego, impidiendo que se quemasen, mientras los hombres danzaban alrededor de Thork. Pasada la excitación que produce la lucha, el jefe empezaba a sentirse de un modo extraño. No le dolían las profundas heridas, acostumbrado como estaba a recibirlas, pero todo su cuerpo le pesaba como una losa, le faltaba aire y, lo peor, dentro de su cabeza sentía un dolor intenso, como si el espíritu del oso hubiese entrado en ella y la desgarrase con sus zarpas. Se llevó la mano a la nuca y notó un dolor punzante al presionarla. Cubierta de abundante sangre ya reseca, una buena brecha le hizo recordar el golpe recibido contra una roca cuando su adversario lo lanzó al suelo. Había sido una lucha terrible. Pero Thork sabía que no debía mostrar debilidad, él era el jefe y nadie se atrevería a dudarlo... mientras fuese el más fuerte. Así que bailó y gritó entre los guerreros agitando su collar de colmillos como siempre había hecho.

Aquella noche todos los hombres quedaron hartos y, aunque siguieron comiendo hasta que sus estómagos no aceptaron ni un bocado más, dejaron suficientes sobras para que las mujeres y los niños se diesen un festín como pocas veces habían podido darse. Zasir recibió su tributo: el corazón del animal. Cuando el hechicero se aproximó a la hoguera para recogerlo, por un instante su mirada se cruzó con la de Thork. Esa visión fugaz bastó para que Zasir comprendiera lo que estaba sucediendo. Llevando el corazón del oso ensartado en la punta de una afilada astilla de madera, el brujo se aproximó al jefe y con un gesto le pidió permiso para sentarse a su lado. Thork asintió callando. Por un lado temía los poderes de Zasir, no quería compartir su secreto con nadie. Por otro, tal vez el hechicero podría ayudarlo, apaciguando al espíritu que lo estaba desgarrando por dentro. El brujo se sentó y comenzó a dar cuenta del trozo de carne que le correspondía.

Al contrario que los demás, Zasir comía despacio, masticando largamente cada bocado y en absoluto silencio. De pronto estiró el brazo, asió una pequeña rama medio consumida por el fuego y con ella tiznó dos rayas negras sobre su frente y dos más, una bajo cada uno de sus ojos. A la luz ya tenue de la hoguera, su delgado rostro se volvió fantasmal. Hecho esto, miró abiertamente a Thork, quien le devolvió la mirada con una mezcla de temor e interés. Zasir escrutó los ojos del jefe atentamente y comprobó lo que había intuido momentos antes: los dos puntos negros que ocupaban el centro de la zona oscura no eran de igual tamaño. El hechicero se puso en pie y con la mano invitó a Thork a seguirlo al interior de la cueva. El jefe fue tras él sin mediar palabra.

Los dos hombres se dirigieron al refugio de Zasir, que se encontraba casi a oscuras.

—¿Sabes por qué elegí este lugar y no otro? —preguntó el chamán. Sin esperar respuesta, prosiguió— Porque lo que se habla aquí no se oye desde ningún otro sitio de la caverna. Lo he comprobado bien. Podemos hablar, nadie nos escucha.

—Lo has visto, ¿verdad? Aquí tengo el mal, ¡el espíritu del oso me está matando...! —exclamó Thork como una súplica, llevándose una mano a la cabeza.

El hechicero la examinó, con gesto contrariado. Después preguntó:

—¿Puedes ver?

—Sólo manchas borrosas, a un lado. Al otro lado todo está negro —explicó Thork.

Zasir permaneció en silencio unos instantes, con semblante preocupado.

—Una herida en la cabeza, se pierde la vista y esas manchas negras de diferente tamaño dentro de los ojos... No hay duda, ha llegado tu hora, Thork. Vas a morir.

—¿Cuándo? —preguntó el jefe, palideciendo.

—Pronto; esta noche, quizá mañana. Cuando te duermas ya no despertarás. Así suele ser...

—No importa, estoy preparado—. Thork respiró profundamente.

—Lo sé —asintió Zasir— eres valiente. Pero la tribu no está preparada; mañana habrá veinte hombres disputándose el collar de colmillos y eso será terrible para todos.

—¿Qué podría yo hacer? Las órdenes de un muerto no van a frenar la ambición de ninguno de ellos...

—Elige un sucesor y déjame hacer a mí —pidió el chamán.


Cuando los dos hombres regresaron, en torno a la hoguera se hizo un profundo silencio. Zasir se había ataviado con todos sus abalorios. Con la cabeza cubierta por una impresionante testuz de ciervo ofrecía un aspecto sobrecogedor. Lanzó sobre las brasas algo que llevaba en su mano izquierda, lo que produjo un largo chisporroteo. Después alzó las manos y clamó:

—¡Oídme! Un nuevo poder ha entrado en Thork y ha producido una transformación. Aunque lo veáis como siempre, él ya no es un hombre. Se ha convertido en un numa y los otros numas lo reclaman a su lado. Ellos lo han ordenado y nadie puede negarse. Esta noche partirá y ya no lo veréis más entre nosotros aunque él seguirá aquí, como los demás espíritus de los antepasados. Durante tres días nos observará y consultará con los numas. En la mañana del cuarto día, aquél que al despertar encuentre el collar de colmillos sobre su pecho, será el nuevo jefe. Y ¡ay de quien ose desafiar la voluntad de los espíritus!

Dicho esto los dos hombres volvieron a entrar en la caverna. Zasir acompañó a Thork a su lecho de pieles de oso y lo ayudó a recostarse en él. Una de las jóvenes se acercó a ellos sonriendo.

—Hoy no. Vete —. El chamán la despidió bruscamente y la muchacha se apresuró a alejarse.

Thork respiraba con dificultad, su cara enrojecida había empezado a hincharse.

—¿Tienes dolor? —preguntó Zasir. El jefe asintió con una mueca de sufrimiento—. Te ayudaré —ofreció el chamán— pero antes debes decidir quién ha de ocupar tu puesto cuando mueras.

—Moor... el jefe será Moor —contestó con voz apagada.

—¿Moor?  —El brujo dio un respingo, como si la idea lo sorprendiese—. Moor es cruel y vengativo, osado pero peligroso...

—¡Moor! —repitió Thork enérgicamente, mientras apretaba con fuerza el brazo de Zasir.

—Está bien, como órdenes —asintió el hechicero—. Traeré unas hierbas que te aliviarán. Ahora descansa.

Zasir permaneció cerca del lecho de Thork durante toda la noche, velando su agitado sueño. Los demás se mantuvieron respetuosamente apartados de ellos. La hoguera arrojaba sus últimas llamas, ya próximo el amanecer, cuando el jefe exhaló su último aliento.

La costumbre era colocar el cadáver dentro de un saco hecho con pieles, en el que se introducían también las armas del difunto y algunos amuletos para confortar su espíritu y asegurarse su favor, pero el chamán tenía planeado algo diferente. Si Thork era ahora un numa, sus restos no debían ser tratados como un cadáver más. No sería enterrado bajo grandes rocas, sino purificado por el fuego, algo que nunca antes se había hecho. Durante todo el día los hombres prepararon con gruesos troncos una pira, a un lado del llano frente a la caverna y al caer la tarde el cuerpo del jefe, lavado y ungido con abundante grasa, fue colocado sobre ella. Su escudo de piel bien curtida y su mejor lanza fueron puestos a los lados del cuerpo; y a sus pies, la cabeza y las garras del oso que habían cazado el día anterior.  

Caían los últimos rayos del sol cuando Zasir prendió la hoguera. El hechicero danzó largo rato a su alrededor, recitando palabras mágicas que nadie más que él comprendía mientras agitaba sus abalorios y el collar de colmillos que Thork le había confiado antes de morir.

La pira ardió durante toda la noche, hasta que todo quedó reducido a cenizas. Zasir prohibió que nadie se acercara; el viento y la lluvia se encargarían de dispersarla. No hubo llantos ni plañideras, puesto que Thork no estaba muerto sino transformado en numa, lo que debía ser motivo de alegría.

Durante los dos días siguientes llovió con fuerza, cosa conveniente en esa época y que fue interpretada como un favor del jefe desaparecido. La tribu no se alejó de su refugio, tanto por la lluvia como por la ausencia de un caudillo que pudiese dirigirlos. Bajo la aparente normalidad se podía notar una inquietud creciente entre los guerreros, separados de las mujeres por decisión del chamán. En cierto modo Zasir se había erigido en jefe del grupo desde la muerte de Thork, parecía ser el único que sabía qué hacer, capaz de controlar la situación. Todos le obedecían sin saber muy bien por qué, presintiendo que no hacerlo sólo podría traer problemas.

Por fin llegó el alba del cuarto día, el día esperado. Un alboroto repentino despertó a todos antes del amanecer. En el centro de la gran caverna, lanzando gritos de júbilo, el joven Ollur agitaba en su mano derecha el collar de colmillos que había encontrado sobre su pecho momentos antes. ¡Los numas habían hablado y él era el elegido!

Zasir, aparentemente ajeno al revuelo, permanecía en la penumbra, en su morada. Se acarició la barbilla mientras la ambición brillaba en sus ojos. Ollur no sería lo bastante fuerte para mantenerse como líder sin su ayuda pero él conseguiría con su magia atemorizar a todo el que se le enfrentara. Y el joven Ollur era tan influenciable...

Zasir © Fernando Hidalgo Cutillas. 2010
 
 


 
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