31 de mayo de 2011

17ª noche - En el balneario

He estado leyendo una novelita que encontré por casa. Es una edición de los años setenta de una obra del escritor alemán Hermann Hesse titulada En el balneario. No es una de las más conocidas del autor, no tanto como Demian, Siddharta, El juego de los abalorios o El lobo estepario. Sin embargo es una pequeña joya de lectura muy recomendable. Quizá sea difícil de encontrar en librerías, pero muy fácil de encontrar en Internet.  Copio dos pasajes que me han parecido de lo más interesante:



Entre personas cultas y discretas ocurre a cada momento que cada uno de ellos reconoce la mentalidad, el lenguaje, la dogmática y la mitología del otro como un mero intento subjetivo, un mero y fugaz símil. Pero el hecho de que cada uno de ellos reconozca lo propio en sí mismo y conceda tanto a sí propio como a su enemigo el derecho a ser, pensar y hablar como le dicte su conciencia, el hecho, por consiguiente, de que dos personas intercambien ideas entre sí y no olviden ni por un momento la fragilidad de sus herramientas, la ambigüedad de todas las palabras, la imposibilidad de una expresión verdaderamente exacta, y también, en consecuencia, la necesidad de una entrega intensiva, de una sinceridad mutua y una caballerosidad intelectual, esta situación hermosa, que debería ser natural entre dos seres capaces de pensar, se produce tan raramente que saludamos con ardor cualquier aproximación, cualquier realización aunque sea parcial.

Si los versículos del Nuevo Testamento no se toman como mandamientos, sino como manifestaciones de un conocimien­to extraordinariamente profundo de los secretos de nuestra alma, la palabra más sabia que se ha pronunciado jamás, el breve resumen de todo el arte de vivir y toda la doctrina de la felicidad es aquella frase: «Ama a tu prójimo como a ti mis­mo», que por otra parte ya se halla en el Antiguo Testamen­to. Se puede amar al prójimo menos que a uno mismo —y en­tonces el hombre es egoísta, codicioso, capitalista, burgués, y aunque amontone dinero y poder, no puede tener el corazón alegre y le están vedadas las satisfacciones más delicadas y ex­quisitas del alma—. O bien se puede amar al prójimo más que a sí mismo, y entonces el hombre es un pobre diablo, repleto de complejos de inferioridad, lleno del ansia de amarlo todo, y, sin embargo, lleno también de rencor hacia sí propio, vi­viendo en un infierno cuyo fuego atiza diariamente. ¡En cam­bio, el equilibrio del amor, el saber amar sin sentirse nunca culpable, este amor hacia sí mismo que no se roba a los demás y este amor hacia los otros que no reduce ni violenta al propio Yo! El secreto de toda la felicidad, de toda la bienaventuranza está contenido en esta frase.

2 comentarios:

B. Miosi dijo...

Leí a Hesse hace muchos años, cuando tenía 16 y salía de mis clases de inglés. Una amigo de entonces, que tenía 21 me invitó un día a su casa, tenía una preciosa y enorme biblioteca, repleta de libros. Allí estaba todas las obras de Herman Hesse. Fue donde lo conocí y a partir de ese día después de las clases de inglés paseábamos por el malecón hablando horas acerca de la obra de este escritor quien me deslumbró por su manera de pensar. Mi amigo dijo un día: "Este hombre sabía algo". Esa sola frase me dio muchos días en qué pensar y hasta ahora no la he olvidado.
Ahora leyendo los pasajes de ese libro que nunca llegué a leer, comprendo mejor de lo que creí que Herman Hesse sí sabía.

Besos,
Blanca

Panchito dijo...

Tu amigo sí que sabía, Blanca, que te convenció para ver su biblioteca... Claro que a ti los libros te interesaban más que a Wanda, ja ja.

Pues sí, Hesse sabía algo, y el resumen que hace al final de la novela de su estancia en en balneario de Baden es de total clarividencia:

Así pues, no he «sanado». Estoy mejor, el médico está satisfecho, pero no me he curado, puedo empeorar en cualquier momento. Aparte de la afectiva mejoría, me he traído algo más de Badén: he dejado de contemplar mi ciática con excesiva ansiedad. He comprendido que forma parte de mí, que me la he ganado a pulso, como las incipientes canas en mis cabellos, y que no es sensato querer erradicarla o conjurarla a que se vaya. ¡Seamos tolerantes con ella, aplaquémosla por medio de la reconciliación!
Y cuando regrese a Badén, me sumergiré de otro modo en el agua caliente, veré de otro modo a mis vecinos, tendré otros juegos y preocupaciones, escribiré de otra forma. Cometeré pecados de otra índole y volveré a encontrar a Dios por caminos nuevos. Y siempre creeré que soy el que actúa, el que vive, cuando sé muy bien que no soy yo, sino Él.
Cuando echo ahora una mirada retrospectiva a las semanas de mi tratamiento, nace en mí, como en toda retrospección, aquella agradable ilusión de superioridad, de comprensión y clarividencia de la que se goza tan íntimamente en la juventud a cada nueva etapa de la vida. Veo los sufrimientos de mi más reciente Yo, los dolores físicos y las angustias espirituales ya pasados, la penosa situación superada, y aquel Hesse que hace poco tiempo se portaba tan cómicamente en Badén se me antoja muy lejano de este Hesse inteligente que ahora lo contempla con perspectiva. Veo la exageración con que reacciona este bañista Hesse ante insignificantes pequeñeces, reconozco el juego grotesco de sus obligaciones y complejos, y risibles porque ya no son actuales.

Fíjate que la novela no sólo está narrada en primera persona, sino que es él mismo el protagonista, Hesse, como si fuese un diario. Sin embargo la historia no es real, estoy seguro, aunque puede que tenga una base de realidad. Probablemente en Internet se encuentre información.

Gracias por visitar tan asiduamente este tranquilo rincón del mundo virtual. Besos.