6 de enero de 2017

124ª noche - La noche de los casados


   Desde el verano, Dito había resuelto que pediría la nueva Play a los Reyes Magos. Su padre pensaba que aún era muy pequeño para ese juego tan caro y que no estaban los tiempos para tirar el dinero, pero la madre argumentaba que algunos amiguitos de su edad también la tendrían y que su hijo no iba a ser menos que los otros. Cuando la hubiera visto todo el mundo ya la guardarían, si fuera cierto que Dito no tenía aún edad para manejarla.
   El primer domingo de diciembre la familia fue a ver a Teresa, la abuela paterna, que vivía sola desde que quedó viuda tres años atrás. No eran frecuentes las visitas y Dito no tenía con ella mucha confianza. Vivía en un barrio modesto donde la mayoría de los vecinos eran obreros ya jubilados, igual que fue el abuelo; era un pisito muy sencillo. Las paredes algo desconchadas y el aspecto lóbrego de la casa daban cierta repugnancia al pequeño, acostumbrado a las comodidades del apartamento en que vivía, reparo que sus padres trataban de vencer incitándolo a aceptar la merienda que la abuela le ofreció.
   —Cómete los dulces, que después tendrás hambre y aún tardaremos en volver a casa —decía la madre con cierto deje de superioridad.
   Dito se sentó frente al televisor para merendar con intención de ver los dibujos mientras los mayores hablaban.
   —¡Ay, cariño!, que lo siento, pero se ha estropeado —lamentó la abuela, apenada de veras—. Hace dos semanas que no funciona, he de avisar para que lo arreglen, pero... —Sonrió, levantó las cejas y extendió las manos—. Te traeré unos tebeos que fueron de tu padre, verás qué divertidos son. Y después te contaré un cuento.
   Ya era de noche cuando se despidieron de Teresa y regresaron a su casa. El niño llevaba bajo el brazo un pequeño manojo de antiguas revistas infantiles que la abuela le dio al despedirse con dos sonoros besos. Tomaron el metro y después caminaron unas cuantas travesías por la amplia avenida del barrio donde residían. Dito andaba cabizbajo, inusualmente taciturno y ensimismado.
   —¿Teresa es tu mamá? —preguntó a su madre cuando ésta, más tarde, le ponía el pijama.
   —No, es la madre de papá.
   —¿Y vive sola?
   —Ahora sí, antes vivía con el abuelo.
   —¿Y por qué no vive con nosotros? —insistió el niño.
   —Ella está a gusto en su casa, es mayor y está acostumbrada a sus cosas...
   —Pero aquí estaría mejor... ¿Quieres que yo se lo pida?
   —No, Dito, no molestes a la abuela con tus tonterías. Venga, haz pipí y vete a la cama —ordenó la madre, dando por terminada la conversación.
   El niño captó el desagrado de la madre por el asunto y temeroso de provocar uno de sus enfados se acostó sin rechistar. Pero esa misma noche tomó la decisión: ya no quería la nueva Play; pediría a los Reyes Magos que la abuela fuera a vivir con él.

   En la última semana antes de las vacaciones, se presentó en el colegio nada menos que el paje del Rey Baltasar, para recoger las cartas de los pequeños y comprobar si se habían portado bien durante el año. La maestra lo anunció con solemnidad y les pidió que escribieran la carta a los Reyes con su mejor caligrafía. Dito escribió con esmero: Queridos relles magos mi deseo este año no es la plei es que la abuela teresa benga a bibir con migo. Debajo puso su nombre junto a algo parecido a una rúbrica, cerró el sobre y se lo entregó al paje cuando llegó su turno.
   Sólo unas pocas de aquellas cartas eran recogidas por los padres. La mayoría quedaban guardadas durante un tiempo hasta que, pasadas las fiestas, eran desechadas. Los padres solían saber lo que sus hijos querían sin necesidad de leerlas. Pero no así esta vez en el caso de Dito; el niño no había dicho nada en casa porque deseaba que fuera una sorpresa.

   Llegó el día de Navidad y bajo el árbol apareció la nueva Play. El pequeño abrió el regalo, confuso, hasta que alguien dijo: "Qué bien te habrás portado este año cuando Papá Noel te ha traído ese juguete tan lindo...". Entonces comprendió: "Claro, esto me lo da Papá Noel, que sigue pensando que quiero la Play, a él no le dije nada. Será el día seis cuando los Reyes me concedan mi deseo". Encantado con el equívoco, pasó el día intentando jugar con el artefacto.

   La víspera de Reyes es conocida como "la noche de los casados" en algunos lugares, porque los matrimonios suelen salir a divertirse aprovechando la tregua que se produce en las travesuras de los pequeños. Dito estaba muy excitado pensando que al día siguiente la abuela estaría en la casa, contándole aquellas maravillosas historias que tanto le gustaban. 
   —Acuéstate de una vez y no salgas de tu habitación o los Reyes no te dejarán nada. Entraré a verte cuando vuelva y espero encontrarte bien dormido —ordenó la madre antes de despedirse, dejándole en los labios un sabor extraño y algo picante. Y salió a reunirse con su marido que la aguardaba en el coche frente al portal.
   Dito obedeció. Por nada del mundo quería que su deseo se fuera al traste. La inquietud no lo dejaba dormir. No sabía el tiempo transcurrido cuando el teléfono empezó a sonar. Pensó: “¿Serán los Reyes Magos?”. Pero recordó que no debía levantarse. Cerró los ojos y procuró pensar en otra cosa. Y el teléfono sonaba una y otra vez.
   Debió de quedarse dormido porque lo despertó el ruido de la puerta de su habitación al abrirse. ¡Era la abuela, qué alegría! Los Reyes habían atendido su carta, por fin la tendría con él para siempre. Pero ¿por qué lloraba? Teresa y su nieto se fundieron en un abrazo. La emoción hizo llorar también al pequeño, sin reparar todavía en los dos guardias municipales que, con gesto sombrío, aguardaban en el pasillo.


© Fernando Hidalgo Cutillas - 2016

5 de enero de 2017

123ª noche - ¿Qué fue de la Navidad?



Agentes de la policía judicial localizaron en la tarde de ayer a un grupo organizado que operaba ilícitamente en diversos países. Está formado por la Navidad, que ejercía la prostitución en un centro comercial de la capital, donde fue detenida. Papá Noel, a la puerta del mismo centro, también pasó a disposición del juez con los cargos de intrusismo, falsedad continuada y estafa sentimental. Así como tres individuos llamados Melchor, Gaspar y Baltasar, que operaban de modo similar, interceptados mientras intentaban entrar al país. En todos ellos concurren los agravantes de nocturnidad, acoso a menores y abuso de confianza. Algunos de sus secuaces lograron darse a la fuga.
El juez ha decretado secreto del sumario, no obstante ha trascendido que los detenidos usan documentación falsa y no son quienes dicen ser. La mayor preocupación ahora es saber dónde se encuentran los auténticos Reyes Magos, Navidad y Papá Noel, que se sospecha hayan sido secuestrados hace tiempo o, en el peor de los casos, que fueran eliminados definitivamente.
 
Mañana a mediodía se guardará un minuto de silencio en señal de condena del secuestro y muestra de apoyo a las víctimas, por parte de todas las personas de buena voluntad.

 

© Fernando Hidalgo Cutillas - 2016

4 de enero de 2017

122ª noche - 13, rue del Percebe

Durante bastantes años, la contraportada de la revista juvenil TIO VIVO ofreció semanalmente la conocida página del gran Francisco Ibáñez 13 Rue del Percebe. Aquí os dejo un recopilatorio parcial entre 1967 y 1975.
 
Podéis descargarlo pulsando la imagen.



 

23 de diciembre de 2016

121ª noche - Extra de Navidad

Los que pasamos nuestra infancia en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado recordamos con bastante nostalgia los tebeos, especialmente los Extra de Navidad de TBO y de publicaciones de Editorial Bruguera como Pulgarcito, DDT, Tío Vivo, Capitán Trueno, etc. Costumbre que hoy se ha perdido, desaparecidas ya la mayoría de aquellas editoriales. Os dejo aquí en formato PDF las 68 páginas del DDT Extra de Navidad del año 1971. Algo tardío ya, sólo tiene 45 años. Con mi felicitación y mis mejores deseos para todos los lectores del blog en estas fiestas.
 
Podéis descargarlo pulsando la portada, como siempre es descarga directa, sin enredos ni trampa ni cartón.

21 de octubre de 2016

120ª noche - Entrevista con Adolf Hitler





P. ¿Sabe que han decidido derribar su casa natal?

R. Bueno, de aquello hace 127 años y la casa debe de estar bastante ruinosa...


P. No. Lo hacen para evitar que se convierta en lugar de culto.


R. ¡Ah!, ¿de veras? Tomaré como un halago que 71 años después de mi muerte aún se acuerden de mí. En realidad me es indiferente.

P. ¿Es cierto que usted se suicidó en su búnquer? Algunos piensan que pudo simular su muerte y escapar, como hicieron otros nazis.

R. Alemania
había perdido la guerra...  Si no lo hubiera hecho yo, lo habrían hecho otros y de peor manera. Para mí sólo había dos finales posibles: victoria o muerte. 

P. Se le identifica con la extrema derecha...

R. Eso es una patraña. ¿Sabe usted cómo se llamaba el partido que fundé? Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán. ¿Le parece poco claro "socialista" y "obrero"? Yo siempre me dirigí a los trabajadores y ellos fueron los que me lanzaron al poder. Les di la ilusión de volver a ser una gran Alemania. Siempre fui un hombre del pueblo, pero no un comunista. Mucho menos de derechas.

P. ¿Populista?

R. Los alemanes estaban hundidos y había que hacerlos reaccionar. Decirle a un pueblo que es el elegido de Dios, o del destino, o de lo que sea, no era nada nuevo.
 

P. ¿Se arrepiente de algo?


R. Para mí la guerra fue como una partida de ajedrez donde las piezas son sólo trocitos de madera, no cientos de miles de personas que sufren y mueren. Supongo que eso mismo sentiría el presidente Truman cuando ordenó lanzar la bomba de Hiroshima.  Desde el poder se ve otra realidad. Yo viví la Gran Guerra como simple número de tropa y allí aprendí que la vida puede no valer nada.

P. ¿Y el holocausto?


R. ¿No ha leído "Mi lucha"? 

P. Sí, pero le estoy preguntando a usted...

R. Todo el mundo sabe lo que yo pensaba, no fue sorpresa para nadie. Los judíos en Europa estaban enquistados, eran una sociedad cerrada por encima de los Estados y dominaban la economía. En la gran inflación de principios de los años 20, no sólo no colaboraron sino que hicieron grandes fortunas especulando con la necesidad de la gente en Alemania. Había que acabar con eso.

P. ¿Y no se le ocurrió otra cosa que exterminarlos?

R. Echarlos bastaba, pero nadie los quiso recibir. No encontré otra solución.

P. ¿Sabe que la inmensa mayoría de la gente en todo el mundo lo considera un monstruo?

R. Ningún país debería verse como se vio Alemania en la tercera década del siglo XX. La economía es el juego de unos pocos privilegiados, pero también el pan de muchos millones de personas. Cuando les falta, puede abrirse la caja de Pandora. En esa caja hay dolor, hay muerte... y hay monstruos. A los que a menudo la gente sigue y aplaude.

P. Veo que domina el populismo como nadie. ¿Quién le enseñó?

R. La vida. Las masas son irracionales y existen mecanismos para manejarlas: los gestos, la oratoria, el eslogan adecuado, mostrarse con superioridad moral, decir lo que quieren oír, los escenarios... ¿Qué piensa usted de que tantos millones de personas me siguieran con fe ciega? ¿No será que había millones de monstruos? Cualquiera puede convertirse en monstruo, yo no vine de otro planeta. Y los inquisidores, que llegaron a quemar a cerca de doscientas personas vivas en una sola hoguera, tampoco eran extraterrestres.  Podría ponerle muchos ejemplos. Esta es la cuestión más importante, porque eso puede volver a suceder.   

P. ¿Quiere decir que volverá a haber alguien como usted?

R. En el mundo sigue habiendo suficiente caos para que no se aprenda ninguna lección de la Historia. Los populismos existirán mientras la gente los siga, y la gente los seguirá mientras no sepa pensar por sí misma.  Desconfíen de los salvapatrias, lo digo por experiencia. Los ingredientes existen, sólo falta la ocasión.

P. ¿Está usted en el infierno?

R. El infierno lo conocí en vida. (Sonríe con tristeza). No, no hay nada de eso. Simplemente se acabó, ni siquiera oí el disparo que terminó conmigo. No estoy en ninguna parte salvo, en este momento, dentro de su cabeza. Y ya me voy.

 
 






 

2 de octubre de 2016

119ª noche - Fábula del marqués de Sarabia


En 1950, el marqués de Sarabia había enviudado y  residía en una lujosa casona con un matrimonio a su servicio. La mujer hacía los trabajos domésticos y el hombre cuidaba del mantenimiento, además de ejercer de chófer. Don Fausto llevaba una vida cómoda, sin sobresaltos, mientras el matrimonio se encargaba de todo lo necesario. Pero un día, como por casualidad, se le ocurrió repasar las cuentas que el servicio le rendía cada semana. Y encontró lo que no había imaginado: el matrimonio no le era fiel, algunas de las anotaciones reflejaban un importe mayor que el de las compras correspondientes. Se entretuvo entonces en revisar todos los tiques y apuntes, y en todos encontró el mismo desajuste. Era un robo sistemático. Muy disgustado, buscó con urgencia sustitutos y despachó a los infieles de inmediato. 

El nuevo matrimonio heredó las funciones del anterior y don Fausto, escarmentado, repasaba diariamente los gastos, feliz al comprobar la fidelidad absoluta de las cuentas que le presentaban. Pero al cabo de pocas semanas, el marqués vio que algunas bombillas de la lámpara del salón principal no lucían. Las comidas, antes sabrosas y saludables, se hicieron sosas, o saladas, o semicrudas, y a menudo indigestas. No fueron pequeños el frenazo y el sobresalto, cuando el coche estuvo a punto de atropellar a una muchacha. Sus libros no estaban donde los había dejado, ni la ropa tan bien planchada como siempre. En suma, su vida confortable se había convertido en una carrera de pequeños obstáculos e incomodidades.

Un domingo, cuando tomaba café en el Casino del Círculo al que pertenecía con don Anastasio, el que había sido su médico de cabecera, ya jubilado y amigo al que aún recurría si lo necesitaba, comentó con éste lo que le había sucedido: la infidelidad primero, la desatención después.

—Ahora me son absolutamente leales. —Terminó así la exposición.
—Sin embargo, estabas mejor antes, ¿no es así?
—¡No puedo consentir que me roben! —Arguyó el marqués, intuyendo la intención de su amigo.
—No, claro que no. Pero ahora controlas las cuentas, cosa que antes no hacías...
Don Fausto asintió en silencio. El viejo doctor continuó:
—El ser humano puede contener muchas virtudes, y también muchos defectos. Unas y otros conviven y se desarrollan según las circunstancias. Tus primeros sirvientes cumplían muy bien sus obligaciones, pero la tentación de sisarte los venció, porque les pareció fácil y sin consecuencias. Si no lo hubieras descubierto, estarías feliz. Lo que te robaban, ve a saber desde cuándo, no suponía para ti ningún problema. Sin embargo ahora estás a disgusto, tu casa se deteriora, tu salud también, y no sería raro, por lo que me explicas, que cualquier día tengas un percance con el coche. Y, cuidado, no hayan encontrado éstos un modo más discreto de sisarte. Creo, y no te enojes conmigo, que tú tienes la culpa. En tu lugar, yo recuperaría al anterior matrimonio, así volverás a tener la vida tranquila de antes. Pero, eso sí, ¡vigila bien las cuentas!
 

 

 

 

23 de agosto de 2016

118ª noche - El virus de la duda

Mi marido estaba raro. Yo suponía que era por la operación del pequeño, tras el accidente del autocar. El niño está bastante magullado, aunque nos aseguran que fuera de peligro. Pidieron que algún familiar donara sangre y se ofreció él.

Esta tarde, mientras yo estaba con Luisito en la clínica, entró mi marido, cabizbajo, arrastrando los pies. Se sentó, mudo y sin mirarme, y me alargó un sobre. El corazón me ha dado un vuelco, estaba segura de que eran malas noticias. Lo he abierto rápidamente. Dentro había una hoja de papel, unos análisis. No de Luisito; eran de él. Al leerlos, me he quedado de piedra. "Tienes que hacértelos tú también", me ha dicho con un hilo de voz, aún mirando al suelo. "No lo comprendo", añadió. Después, salió con el mismo desánimo.

Leo una y otra vez esas dos líneas que lo cambian todo. Y me pregunto cuántas cosas podría estar haciendo mi marido de las que yo no tenga idea. Y también si aquel hombre que conocí en Bilbao estaba tan sano como parecía. Dejaré que cargue él con el peso de la culpa. Y yo, con el de la duda y el silencio.


© Fernando Hidalgo Cutillas - Barcelona 2016