23 de agosto de 2016

118ª noche - El virus de la duda

Mi marido estaba raro. Yo suponía que era por la operación del pequeño, tras el accidente del autocar. El niño está bastante magullado, aunque nos aseguran que fuera de peligro. Pidieron que algún familiar donara sangre y se ofreció él.

Esta tarde, mientras yo estaba con Luisito en la clínica, entró mi marido, cabizbajo, arrastrando los pies. Se sentó, mudo y sin mirarme, y me alargó un sobre. El corazón me ha dado un vuelco, estaba segura de que eran malas noticias. Lo he abierto rápidamente. Dentro había una hoja de papel, unos análisis. No de Luisito; eran de él. Al leerlos, me he quedado de piedra. "Tienes que hacértelos tú también", me ha dicho con un hilo de voz, aún mirando al suelo. "No lo comprendo", añadió. Después, salió con el mismo desánimo.

Leo una y otra vez esas dos líneas que lo cambian todo. Y me pregunto cuántas cosas podría estar haciendo mi marido de las que yo no tenga idea. Y también si aquel hombre que conocí en Bilbao estaba tan sano como parecía. Dejaré que cargue él con el peso de la culpa. Y yo, con el de la duda y el silencio.


© Fernando Hidalgo Cutillas - Barcelona 2016

7 de agosto de 2016

117º noche - Sic transit gloria mundi



Le pregunté si veía la luz al final del túnel.
—¿Crees que estoy agonizando?
—No, no me refiero a esa luz. —Maldije mi torpeza—. Pregunto si se encuentra usted mejor.
—Me estoy muriendo.
—¡No diga tonterías, padre!
—He hablado con el médico y me ha dicho la verdad.
—¡Qué sabrán los médicos! —Porfié. Sus ojos, más hundidos que nunca, me miraron con hastío.
—Déjalo ya. Escucha: no digas nada a Luis, no quiero saber más de él, ni que ande por aquí cuando yo haya muerto. Para mí, no existe.
—Pero ¡padre...!
—No hay más que hablar. Es mi voluntad.

Se giró hacia la ventana, dando el asunto por zanjado.

Murió tres días más tarde, en los que no le oí ni una palabra. Fue de madrugada. Llamaron del hospital para darme la noticia. Avisé a la funeraria para que se encargara del traslado del cadáver al tanatorio del pueblo.
Luis es mi único hermano, doce años mayor que yo. Poco después de morir madre, se fue a Huesca, a cumplir el servicio militar; una ciudad lejana y mal comunicada con Aljaraque, donde todavía vivo, cerca de Huelva. Yo tenía entonces nueve años. Padre no le perdonó que no volviera ni que se desentendiera del negocio. Yo quería a mi hermano, pero era entonces muy joven y no pude, o no supe, enfrentarme a un hombre al que la viudedad había agriado el carácter, ya de por sí huraño. De modo que, durante casi quince años, entre mi hermano y yo no hubo ningún contacto.
 
A pesar de la voluntad de padre, sentí la obligación de avisarle. Busqué su teléfono y le di la noticia. Guardó un largo silencio, como si dudara. Después, sólo dijo: "Estaré ahí en unas diez horas". Y colgó.
 
Aproveché la espera para revisar los documentos que guardaba padre en su escritorio. Algunos recibos —el seguro de entierro siempre al día—, contratos y escrituras... Junto a los papeles aparecieron algunos álbumes con fotografías y recuerdos. Empecé a hojearlos, pero en seguida me llamaron para que acudiera al tanatorio y decidí llevarlos conmigo para distraerme.
 
Amortajado con un hábito oscuro, apenas reconocí el cuerpo de padre, consumido por la enfermedad. Hubiera querido verlo como al hombre que llegué a admirar en otro tiempo, pero sólo vi a un anciano diminuto y mezquino. Ocupé uno de los sillones de la sala de visitas y empecé a revisar el álbum más antiguo. En las primeras fotos, ajadas y en blanco y negro, aparecían mis padres, muy jóvenes, aún novios. Cogidos de la mano, recorriendo la Feria o el Rocío. Ella, alegre, con moño alto, menuda y frágil. Él, trajeado, elegante y enjuto. Después, algunas fotos de la boda y de domingos felices, antes de que naciéramos los hijos. Al pasar una página, apareció un papel manuscrito. Era una carta, fechada doce años atrás, con la firma de mi hermano Luis.
Yo no recordaba que él nos hubiera escrito alguna vez, para mí fue una sorpresa y la curiosidad hizo que la leyera de arriba abajo. Iba dirigida a padre, y Luis trataba de reconciliarse, se disculpaba por haberse quedado en Huesca, pero también mantenía su decisión y defendía sus razones. Hacia el final, había un fragmento dirigido a mí:
"Por ahora no voy a volver, Julito, porque he encontrado al amor de mi vida y nos quedamos a vivir aquí, es lo mejor. Padre se ha enfadado por eso y de momento no quiere saber nada, pero se le pasará... —¡Cuánto se equivocaba!— Te llamaré por teléfono para saber de vosotros, y espero que vengas a vernos a menudo, aquí hace frío, pero lo pasarás muy bien, podrás esquiar en invierno, verás qué divertido, y en verano los paisajes son preciosos...". Se despedía cariñosamente y anunciaba una visita para cuando tuviera ocasión, siempre que padre se lo permitiera. Dentro de la nota, una hoja doblada por el centro, encontré la mitad de una fotografía rota, en la que aparecía mi hermano tal como yo lo recordaba. La otra parte había desaparecido.
 
Sentí rabia hacia padre, que me ocultó la carta. Imaginé todo lo que me había perdido por su culpa, el cariño y el contacto con mi hermano mayor, el único, y me enfurecí. ¡Qué distinto el tono cariñoso de la carta del que acababa de notar por teléfono! También me sentí culpable. Obedecí a padre excluyendo a Luis sin rechistar, ignorándolo durante tantos años. ¡Qué bien había hecho en avisarlo! ¿Por qué tendría padre esa inquina hacia él? Muchos jóvenes se emparejan y se casan en la mili.
 
Pasé las horas curioseando los viejos álbumes que había llevado conmigo, fotos y recuerdos de un tiempo que viví como bueno, pero que en aquel momento me pareció cargado de hipocresía y egoísmo.
 
Varios amigos acudieron durante la tarde para dar el pésame y acompañarme unos instantes. Ya era de noche cuando llegó Luis. Yo estaba a la puerta, fumando un cigarrillo, y el corazón me latió con fuerza cuando comprendí que el coche polvoriento que se acercaba era el suyo. Aparcó a escasos metros, lo reconocí en cuanto puso un pie en el suelo. Había cambiado poco, debía de tener treinta y ocho años pero aparentaba muchos menos, seguramente parecíamos casi de la misma edad. Fui hacia él, lo abracé y le pedí perdón sin darle tiempo a decir nada. Estuve a punto de echarme a llorar. Él me abrazó, también emocionado, y en silencio me miró con los ojos brillantes. Me separó un poco, tomándome con fuerza de los hombros. "Has crecido mucho", y me sonrió. Mientras tanto, se abrió la puerta del acompañante y bajó un hombre algo mayor que él, que se mantuvo a respetuosa distancia hasta que Luis le hizo una seña para que se acercara.
−Te presento a Gabriel. Es mi amigo.
−¿Tu amigo? −balbucí.
−Mi pareja, sí. Estamos casados.
Entonces lo comprendí todo. El rechazo de padre, la fotografía rota, su deseo de que Luis no estuviera en el funeral... El viejo, siempre más preocupado por el qué dirán que por la familia. Y me alegré de haber desobedecido su última voluntad. Mi padre me había robado un hermano, pero yo acababa de recuperarlo, y todo el pueblo sabría en su funeral el motivo mezquino que lo movió a ello. Apenas pude contener una sonrisa al imaginarlo revolviéndose en su recién estrenada tumba, mientras Luis y Gabriel, a mi lado y de luto, recibían el sentido pésame de los paisanos.

Sic transit gloria mundi.

© Fernando Hidalgo Cutillas - Barcelona 2016

6 de agosto de 2016

116ª noche - ... Y un huerto claro donde madura el limonero.

Vi hace pocos días un programa cultural del Canal 24 horas, de RTVE. Una entrevista a José Alberto García Gallo, más conocido como Alberto Cortez.  Alberto tiene 76 años y el presentador lo trata de Maestro, con cara de discípulo y admiración sin límite, como es habitual en este tipo de espacios culturales con las "viejas glorias".

La primera vez que recuerdo haber visto al cantante, debía de tener yo unos doce o trece años y fue en Televisión Española, no muy lejos de 1965, en blanco y negro todavía. Cantaba una canción de la que siempre he recordado el estribillo: "Soy joven y me quiero divertir, busco a una chica que me pueda aconsejar...". No, no era una letra muy profunda. La recuerdo porque hicimos un poco de guasa con ella durante bastante tiempo.  Por entonces también cantaba Manolito Díaz canciones como Chachispúm (el nombre de un perro, también lo recuerdo por lo de la guasa), Bibí (no la Andersen), Vino una Ola o  Rufo el Pescador, estas dos últimas popularizadas por  Massiel. Poco arte pero muy moderno y mucho "mensaje". Cortez siempre me pareció en esa misma línea.

Volviendo a la entrevista, en un momento de ella,  Alberto dice (no es literal):

Me sorprende la poesía de Machado, sobre todo esos versos:

 Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,
 y un huerto claro donde madura el limonero...
 
Y añade: "¡Cómo pone este hombre...! Ha de ser una licencia poética porque los que maduran son los limones, no el limonero...".

Para tener un árbitro solvente e imparcial, vamos al DRAE:

madurar
Del lat. maturāre.


1. tr. Hacer que un fruto alcance el grado de desarrollo adecuado para ser consumido. El sol madura las uvas.
2. tr. Llevar algo como una idea o un proyecto a su desarrollo mediante la reflexión.
3. intr. Adquirir madurez.
4. intr. Med. Dicho de un absceso o de una inflamación localizada: Llegar a un estado en que puede supurar.
 
De las cuatro acepciones de  madurar, la primera y principal, transitiva, es la que usa el  maestro (Machado) cuando dice "y un huerto claro donde madura el limonero" (el limonero, como el sol,  madura los limones). Al parecer, Alberto sólo conoce la acepción tercera, intransitiva, en la que los únicos que pueden madurar son los limones.

Así que por la boca muere el pez.


 
 
 

25 de mayo de 2016

115ª noche - Cómo saber si tu hijo adolescente va a ser un ni-ni


Se trata de un sencillo test para jóvenes entre 14 y 16 años. Consiste en diez preguntas que debe responder en un máximo de cinco minutos, sin consultar fuentes de información como libros, internet, etc. Es decir, sin copiar. Puede usar lápiz y papel. No puede usar calculadora y mucho menos tableta o móvil.

• 1) ¿Cuál es la capital de Austria?

• 2) ¿A qué se dedicó Alejandro Dumas, o sea, por qué profesión es conocido?

• 3) ¿Quién fue Calígula?

• 4) Reparto 257 monedas de 1 euro entre 17 personas a partes iguales. ¿Cuántas me sobrarán?

• 5) ¿Qué es un archipiélago?

• 6) ¿Cómo se escribe la palabra "DESINIBIDO"?

• 7) ¿Cómo se llaman las líneas imaginarias que van sobre la Tierra, de Polo Norte a Polo Sur?

• 8) ¿En qué fecha llegó por primera vez Cristóbal Colón a América?

• 9) ¿Cuál es la velocidad de la luz?

• 10) ¿Quién pintó el cuadro conocido como "El Guernica"?
 

RESPUESTAS:

• 1) Viena

• 2) Escritor de novelas

• 3) Un emperador romano

• 4) Sobran 2 monedas

• 5) Un grupo de islas próximas entre sí

• 6) Desinhibido

• 7) Meridianos

• 8) 12 de octubre de 1492

• 9) 300.000 kilómetros por segundo

• 10) Pablo Picasso, o simplemente Picasso.
 

INTERPRETACIÓN:
 
Se trata de preguntas básicas, que cualquier estudiante a partir de doce años debería responder sin dificultad.  El único trabajo de los adolescentes es estudiar y quien no sepa las respuestas a estas preguntas no es que no estudie; es que carece de la cultura más elemental. No esperes de alguien que ha estado sin hacer nada hasta los 16 años que después despabile. La pereza se le ha metido en los huesos. Más adelante, no tendrá capacidad más que para empleos ínfimos y mal pagados, que no sabrá conservar, ni responsabilidad para buscarse la vida, así que, si ése es el caso, prepárate para  compartir tu casa y tu pensión de jubilado hasta que tenga cincuenta años.
 
Respuestas acertadas:

• 10-9: Es lo normal.

• 8-7: La cosa puede tener arreglo. Es el momento de hablar sobre lo que espera del futuro.

• 6-5: De algo se entera en clase, pero seguramente no continuará los estudios más allá de lo obligatorio ni sacará provecho de ellos. Puede librarse de ser nini si no se descarría, tiene habilidad para algún trabajo y se aficiona. Disciplina no tiene; ha de gustarle. Aún es joven, no cunda el pánico.

• 4-3: Nini sin remedio. Y espera, que los problemas no han hecho más que empezar.

• 2-0: ¿De verdad? Increíble... ¿Dice que no vale para estudiar?
 
    Tres preguntas más para este último grupo:

    •  ¿Cómo se llama el presentador de Sálvame de luxe?

    •  ¿Quién es el último amor de Belén Esteban?

    •  ¿Por qué número de edición va Gran Hermano VIP?
 
Las respuestas, en la web de Tele5, que yo no las sé. Si las responde bien, tonto o tonta no es, y memoria no le falta, sólo está atocinado. Súper nini. Si tampoco las responde, podría ser conveniente consultar con un psicólogo, quizá algo no funcione como debiera.
 
Una última pregunta, a ver si alguien conoce la respuesta:
 
• Estudiantes que no estudian ¿qué hacen?

3 de mayo de 2016

114ª noche - El cohete

El pequeño Shutso había cumplido diez años. Era momento de emprender camino a Beijing para conocer a sus abuelos paternos; un viaje de casi dos mil lis, que su padre Yiu esperaba recorrer en no más de una luna, pues debía estar de vuelta para la próxima siembra, al final del invierno. Con las bendiciones de sus suegros y dejando con ellos a su esposa, Yiu y su hijo partieron en el amanecer del cuarto día del Año Nuevo.
Abandonaron la aldea por la vereda que, tras atravesar las terrazas de cultivo, termina en el valle, en una de las ramas de los caminos imperiales. Una vez allí no les fue difícil encontrar quien se ofreciera a llevarlos en carreta o a lomos de algún animal, a veces pagando una pequeña cantidad y otras como simple favor.  Shutso nunca había salido de la aldea por lo que todo cuanto veía lo llenaba de asombro, especialmente los deslumbrantes uniformes de los soldados que patrullaban los caminos, con los que se cruzaban de vez en cuando. O la pareja de elefantes que encontraron trabajando en un aserradero, ya cerca de la capital.
En los suburbios de la gran ciudad, los caminos se iban llenando de gente. Llegado el último día de su viaje, padre e hijo recorrieron a pie el trecho final.
—Padre, ¿qué debo hacer cuando vea al abuelo? —preguntó el niño.
—Él es para mí como yo soy para ti, ¿comprendes?
Shutso asintió con un movimiento de cabeza.
—Eres hijo de su hijo, sangre de su sangre...
—¿Y cómo es que ellos viven en Beijing y nosotros en la aldea?
—Yo nací aquí, Shutso. Es una vieja historia, ahora no la entenderías. Hice algo que ellos no querían, por eso tuve que irme lejos. Pero tú eres su nieto y quieren conocerte. No tienes por qué preocuparte —concluyó Yiu.
Los abuelos vivían en una casa modesta, aunque bastante confortable y con dos criados a su servicio. El viejo Tian se dedicaba al comercio de grano, y no le iba nada mal. Pero su máxima era: «El indiscreto siembra a voces su desgracia», así que, siguiendo su propia enseñanza, evitaba dar la apariencia de un hombre rico. Shutso disfrutaba las comodidades que les ofrecían los abuelos y aprovechaba cualquier oportunidad para conocer lo que sucedía en Beijing. Poco tardó en descubrir que el abuelo, bajo su aparente severidad, era un anciano amable y bondadoso. Asistió al teatro cómico, a las carreras de atletas, a espectáculos de magia, al desfile militar y a torneos de weiqi, pero Tian esperaba deslumbrar a su nieto en la última noche: con motivo del cumpleaños del Emperador habría un extraordinario espectáculo de fuegos artificiales. El niño nunca había oído hablar de ese tipo de fuegos; imaginaba que se trataría de hogueras, o antorchas, o cualesquiera otras cosas ardiendo. Al llegar la noche señalada y ver el cielo cubierto por miles de puntos luminosos quedó profundamente impresionado. Cuando Tian vio el reflejo de los cohetes en los brillantes ojos de su nieto tuvo la certeza de que el niño nunca olvidaría aquel viaje. Y aún le tenía preparada otra sorpresa.

Atrapados por las rígidas costumbres de su entorno, los abuelos no podían mostrarse cariñosos con el hijo que les había desobedecido ni con su descendencia. Por ello, a pesar de la cálida relación mantenida durante la visita, la despedida fue fría; poco menos que echarlos de la casa. De otro modo habría parecido deshonroso. Pero Tian sabía cómo conseguir que su nieto no se lo tuviera en cuenta. Al despedirse, le entregó una caja de madera, larga y estrecha como el brazo de un hombre, bien claveteada.
—Dentro encontrarás un cohete como los que viste anoche. Lánzalo en el mejor día de tu vida. Por ahora, guárdalo tal como está; sólo has de evitar que esté cerca del fuego y del agua.

Como suele suceder, el regreso fue mucho más rápido que el camino de ida. Shutso no se separaba de la caja y no hablaba más que de los fuegos artificiales, haciendo mil preguntas —¿de qué están hechos?, ¿por qué suben tan alto?, ¿por qué no hay en nuestra aldea?...— que su padre no sabía responder. Llegaron a su casa algunos días antes de lo previsto y la vida para ellos continuó como si el viaje nunca hubiera existido. Sólo la caja de madera con el cohete, cuidadosamente guardada por Shutso, era la prueba de que los días en Beijing no fueron una fantasía.

Pasaron algunos años y Shutso se hizo mayor. Cuando se señaló el día de su boda, Yiu pensó que sería una buena ocasión para lanzar el cohete que le regaló el abuelo Tian.
—Será un gran día para mí, padre, mas no el mejor ni el más grande en mi vida. Cuando tenga mi primer hijo...

Pasó la boda y al cabo de un tiempo la mujer quedó embarazada. Al acercarse el parto, Yiu recordó las palabras de su hijo.
—¿Lanzarás esta vez el cohete del abuelo? Ése sí será un día muy grande para ti y para toda la familia.
—Lo será, pero creo que aún será más grande el día que, estando mi hijo más crecido, pueda compartirlo con nosotros.

Y llegó el parto, y creció el hijo, y se casó, y nació el primer nieto y murió Yiu, sin que a Shutso le pareciera ninguna ocasión bastante grande para lanzar el cohete que le dio el abuelo.

Shutso ya es viejo y se pone triste al recordar que su hijo —hijo único, es una maldición de la familia— se marchó hace tiempo. Su mujer está enferma, él mismo apenas puede caminar. En un lugar preferente del dormitorio guarda todavía la caja, intacta. De vez en cuando se acerca y pasa sus dedos sobre la madera, como acariciándola. Pero hoy se da cuenta de que su espera no tiene sentido, de que ya no hay más. No permitirá que el cohete que tanto significó para él, el que debió señalar el mejor día de su vida, termine en el vertedero. Con manos temblorosas y la ayuda de un punzón consigue abrir la caja. Dentro, por primera vez puede ver el artefacto. Es impresionante, parece recién fabricado. Shutso llora mientras lo contempla y se maldice mil veces por no haber hecho caso a su padre. ¡Hubo tantas ocasiones...! Las lágrimas van cayendo sobre la caja abierta. Cuando esta noche el anciano salga al patio y encienda la mecha, la pólvora, vieja y húmeda, sólo producirá un fogonazo, un poco de humo y algo semejante a un silbido burlón.
 
 © Fernando Hidalgo Cutillas - Barcelona 2012

30 de abril de 2016

113ª noche - Fábula de los dos manantiales




El bosque donde sucedió nuestra historia había sido en tiempos remotos un lugar frondoso con abundantes manantiales y un riachuelo que lo cruzaba de sur a norte. Después, sin que nadie supiera el motivo, la mayoría de las fuentes perdieron su caudal y el río se agostó hasta quedar reducido a un torrente por el que apenas bajaba algo de agua los días de lluvia. Sólo dos de los manantiales sobrevivieron a la sequía.
Las dos fuentes del bosque no eran públicas. Una pertenecía a la zorra, la otra al sapo. La propiedad se había mantenido de generación en generación desde tiempos inmemoriales. Ello no tuvo importancia mientras el bosque fue rico en acuíferos, pero cuando sólo hubo agua en esas dos fuentes, los animales quedaron a expensas de ellas.
Viéndose zorra y sapo dueños de las escasas aguas de bosque, sólo pensaron en sacar provecho de la situación. Los animales necesitaban beber y no tenían más remedio que acudir a alguno de los dos. En poco tiempo cada uno puso en su manantial un pequeño negocio. A partir de entonces los animales tuvieron que pagar por beber y acicalarse en los únicos sitios donde podían hacerlo.
El negocio era redondo. No tenían más que cobrar —unos frutos, unas semillas, a cada cual según su naturaleza― todos los días, y hasta varias veces al día. La ambición era tanta que cada uno de ellos soñaba con atraer al mayor número posible de animales a su manantial. Con mucho disimulo la zorra se acercaba cada mañana a la fuente del sapo para enterarse de cuánto cobraba ese día por el agua y corría después a su propia fuente para pregonar a los cuatro vientos un precio un poco menor, consiguiendo así mayor clientela.
Pronto se dio cuenta el sapo del ardid y pensó en hacer lo mismo. Después de la visita de la zorra, el sapo enviaba a su amiga la señora Rana discretamente, a enterarse del precio en el otro manantial y él lo ajustaba un poco más. Con esta guerra de precios los animales del bosque salían ganando, porque zorra y sapo estaban continuamente bajando el precio del agua. Pero los dueños de las fuentes estaban muy disgustados, especialmente en los días de lluvia, cuando el pequeño torrente bastaba para cubrir las necesidades de los animales y ellos quedaban plantados en sus negocios.
Una noche la zorra fue con sigilo a la fuente del sapo antes de que éste se retirase a descansar. Lo encontró metido en su charco, hinchado como un globo.
—Tú ya tienes tu agua, señora Zorra, no necesitas venir por aquí a husmear ―increpó el sapo sin disimular su hostilidad, nada más verla.
—Tranquilo, señor Sapo, vengo amistosamente ―contestó la zorra en tono cordial mientras se sentaba junto al charco.
El sapo la miró con desconfianza y siguió con su baño. La zorra continuó:
—Esto no puede seguir así, prácticamente estamos regalando el agua.
—¡Tú tienes la culpa! —acusó el sapo, agitando las patas con furia.
—Y tú también —añadió con suavidad la zorra—. Lo mismo que hago yo, haces tú. Pero por nuestro propio bien vamos a olvidar ahora esas rencillas. Vengo a proponerte un plan.
—¿Un plan…? —repitió el sapo—. A ver, suéltalo. Pero como sea una de tus tretas te aseguro que te arrepentirás.
—Verás, hasta ahora hemos estado peleando con los precios pero eso, como ves, no ha funcionado. Ni tú ni yo hemos conseguido aumentar nuestro negocio. Al contrario, cada vez ganamos menos porque estamos poniendo el precio cada vez más bajo.
—Eso es verdad —señaló el sapo, empezando a interesarse por lo que decía la zorra.
—Entre tú y yo tenemos toda el agua del bosque. ¡Toda!, ¿no lo comprendes? Los animales no tienen más remedio que venir a nuestras fuentes, no importa a qué precio la pongamos, no tienen elección. ¿Por qué pelear por el precio? Nos perjudicamos sin motivo. Vengo a proponerte que a partir de mañana pongamos los dos exactamente el mismo precio. Vamos a subir el agua los dos por igual, la mitad del pastel para cada uno. Un pastel muy grande. ¿Qué te parece la idea?
El sapo se mantuvo unos instantes en silencio; después miró a la zorra con una sonrisa maliciosa y dijo escuetamente
—¡Hecho!

A la mañana siguiente un gran alboroto recorrió el bosque de punta a punta. Los más madrugadores alertaron a los demás de la enorme subida del agua durante la noche. Algunos discutían con la zorra o con el sapo.
—¿Qué voy a dar de comer a mis hijitos si he de darte todas las semillas que tengo? ¿Cómo puede ser que por lo que ayer me pedías diez, hoy me pidas cincuenta?

—Lo siento mucho, señora Tórtola, pero la fuente hay que cuidarla y da mucho trabajo mantenerla en condiciones. Yo misma tengo también mis necesidades, que no puedo atender porque me paso el día trabajando aquí. Mejor será que dejes de quejarte y vayas a por más semillas cuanto antes.
—Pues más lo siento yo, señora Zorra. Me voy a la fuente del sapo que tiene un precio más razonable. Y no volveré —añadió la tórtola dignamente, mientras elevaba el vuelo en dirección al manantial del sapo.
—Ya lo creo que volverás… —masculló para sí la zorra, con sarcasmo.
Poco tardaron la tórtola y los demás animales del bosque en comprobar que en ambas fuentes había los mismos precios y la misma intransigencia. Acuciados por la necesidad, no tuvieron más remedio que allanarse.
El malestar en el bosque aumentaba día a día. Desde la subida del agua, los animales pasaban la mayor parte de su tiempo recolectando pequeños frutos y semillas para poder usar las fuentes y el bosque estaba agotando sus recursos con rapidez.
La señora Ardilla tuvo la idea de convocar una reunión para buscar el modo de solucionar el problema. Se hizo en secreto para que la zorra y el sapo no pudiesen enviar algún espía. Se reunieron antes de la salida del sol, en un pequeño claro lejos de las fuentes. Durante un buen rato los animales se dedicaron a expresar su indignación, a repetir una y mil veces que así no se podía seguir, a lamentarse de que en poco tiempo no habría ni siquiera comida que recolectar. Todos estaban de acuerdo en señalar con indignación la importancia del problema, pero cuando llegó el capítulo de ofrecer ideas para solucionarlo... llegó el silencio. ¿Cómo conseguir que los dueños del agua rectificasen? Les parecía imposible.
Cuando el desánimo empezaba a extenderse por la reunión, el viejo búho tomó la palabra.
—Escuchadme. Tengo una idea que no puede fallar. No podemos obligarlos a bajar el precio pero somos libres de comprar el agua a uno o a otro. Propongo que a partir de mañana todos usemos una sola de las fuentes, igual da una que otra, pero sólo una.
—Pero el precio será el mismo, así no arreglamos nada —señaló el señor Jilguero.
—De momento, sí —continuó el búho—, pero en muy poco tiempo aquél de los dos que no venda nada se desesperará y no tardará en bajarlo para que volváis a usar su fuente. Entonces haremos lo contrario, iremos todos a comprarle a él, de modo que el otro no tendrá más remedio que bajar precio también. Controlándolos de esta manera os aseguro que podremos conseguir los precios que queramos. A vosotros os da lo mismo un pozo que otro; a ellos, no.
Los animales comprendieron la ingeniosa estrategia del búho y acordaron seguirla al pie de la letra. Por sorteo se decidió que, por el momento, todos utilizarían sólo el manantial de la zorra.
El señor Sapo se extrañó mucho cuando, bien entrada la mañana, su manantial estaba solitario; ningún animal había acudido a beber. A mediodía comprendió que eso no podía ser normal. Envió a la rana a curiosear lo que sucedía en casa de la zorra y las noticias que trajo lo sacaron de quicio.
—¡Esta tramposa y ladina zorra ha vuelto a jugármela!, ya me extrañaba tanta amabilidad por su parte. Se ha quedado por fin con todo el negocio, no sé con qué artimañas. Pero esto no va a quedar así... —clamaba indignado.
Como había pronosticado el búho, el señor Sapo bajó su precio. Entonces fue la fuente de la zorra la que quedó desierta, hasta que se acercó a espiar y vio lo que sucedía. También ella tuvo que abaratar el agua. Los animales, bien aconsejados por el señor Búho, jugaron con las dos fuentes una y otra vez, castigando con su boicot a uno o a otro, hasta que el precio del agua les pareció justo.

La calma y la prosperidad volvieron al bosque. Zorra y sapo aprendieron la lección y nunca más volvieron a intentar abusar de las necesidades de sus vecinos.
 


 © Fernando Hidalgo Cutillas - Barcelona 2010

27 de abril de 2016

112ª noche - Como un pájaro

      —Cuéntamelo, abuelo...
      —No; aún eres muy chico. Ya lo sabrás cuando seas mayor, como tu hermano Andrés y los otros muchachos.
      —Pero ya soy mayor, y me han contado algunas cosas. ¿Es verdad que cuando eras pequeño podías volar?
      El anciano miró la cara de Tomasín y no pudo evitar una sonrisa. ¡Qué contestar!
      —¿Quién te ha dicho eso? ¿Andrés?
      —Sí, y Andrés no miente. Me dijo que volabas más rápido que cualquier pájaro. Mucho más rápido, como millones de veces más alto y más rápido...
      —¡Para, para! —El viejo cortó el entusiasmo de su nieto—. ¿Crees que es cierto que yo a tu edad podía volar?
      —Si él lo dice... Dímelo tú, ¿podías?
      —A ver, Tomás, yo no volaba como tú estás pensando. Entonces había unos aparatos que volaban y nos llevaban a las personas de un sitio a otro, por el aire. Como si tú te montaras en un pájaro: tú no vuelas, pero sí vuelas. ¿Lo entiendes?
      —¡Qué pájaro más grande! Yo no he visto nunca a esos pájaros.
      —No, claro que no. Los llamábamos aviones y podían llevar hasta quinientas personas.
      —¡Halaaa! —exclamó el niño, impresionado.
      —Pero todo eso quedó atrás hace muchos años, envuelto en la gran bola de fuego. —El hombre terminó la frase con un rictus—. Y ahora ve a la cabaña y acuéstate, que ya es tarde.
      Aquella noche Tomasín soñó que volaba, a caballo sobre un enorme pájaro, tal como el abuelo le había contado.

© Fernando Hidalgo Cutillas - Barcelona 2012